«Cuando se ama, no se razona. Cuando se razona, parece que no se ama. Cuando se razona después de haber amado, se comprende por qué se amaba. Cuando se ama después de haber razonado, se ama mejor». (Jorge Riosse)
«Cuando se ama, no se razona. Cuando se razona, parece que no se ama. Cuando se razona después de haber amado, se comprende por qué se amaba. Cuando se ama después de haber razonado, se ama mejor». (Jorge Riosse)
Hoy he estado en Tepito, el barrio más peligroso de México DF (tranquila, mamá, puedes seguir leyendo).
Hasta que no he subido el cerro de la Basílica de la Virgen de Guadalupe, no he encontrado la que, de momento, me parece la foto más espectacular de esta ciudad.
Gracias a mi amiga Laura, que tiene muy buenas conexiones en la ciudad, hoy he podido disfrutar de una sesión de lucha libre mexicana. Ya sabéis: la de las grotescas máscaras con lentejuelas, presentador dicharachero y épico, micro en mano y luchadores saltando en plancha desde la esquina del ring.
Ayer mencioné de pasada el metro de México DF. El metro no sólo lleva personas de un lado a otro de la ciudad, sino que además cumple un papel muy importante en la sociedad mexicana. Además, me sirve de cuña para abrir un tema que quiero tratar.
Ha llegado el momento de ponerme el traje de Iker Jiménez y hablar de uno de esos misterios que tanto me gusta contar. Y no será el único; tengo el encargo explícito de Cuarto Creciente de salir al encuentro de uno o dos misterios más a lo largo de este viaje.
Hoy ha sido un día de refuerzo de Coyoacán, que sólo pude conocer la otra noche brevemente. Quería visitar la Casa Museo Frida Kahlo, para ver dónde y cómo vivía, qué inspiraba su pintura y su personalidad, y qué secretos encerraba la llamada Casa Azul.
¿Qué es esa señal que repetidamente encontramos en el suelo de las calles de México DF? ¿Es acaso un código secreto para calibración de satélites espía? ¿Un punto de aterrizaje para paracaidístas en caso de guerra? ¿O simplemente una marca donde van a comenzar unas obras en la vía pública?
Así reza la base del Monumento a la Madre de México DF, cabecera del Jardín del Arte, entre las calles Sullivan, Villalonguín y Avenida Insurgentes.
Poco a poco, los estertores de mi cuerpo van quedando atrás, los movimientos peristálticos abandonan su frenesí y, cada vez menos maldigo a Moctezuma gritando hacia el cielo con el puño al aire cuando estoy sentado en el inodoro.